Relatos de Estambul – Inge –

Y qué decir de Estambul.

Nunca he conocido a nadie que, tras pasar las vacaciones en esta increíble ciudad, no haya vuelto encantado. La Mezquita Azul, Santa Sofía, El Gran Bazar, el atardecer sobre el Bósforo…. Pero todo esto es sólo la parte turística. Lo que todos comentamos al volver de Turquía es la sensación de asombro que nos ha embargado al descubrir un país tan lleno de amabilidad. Porque decir amable es quedarse corto. Nunca he visto en ningún otro país de los que he visitado, a alguien que, tras observar a un viajero desorientado, se acerque voluntariamente a ayudarle, sin esperar ninguna recompensa mayor que una sonrisa de agradecimiento. Y si ese buen samaritano no sabe exactamente el lugar al que quieres ir, no has de preocuparte porque sin dudarlo , buscará a otro a quien preguntar y juntos te indicarán el camino.

Los ojos nunca se me han cerrado en Estambul, ni siquiera por la noche, cuando en la tranquilidad de la cama, recordando lo vivido durante el día, sonrío al recordar la belleza, el color de los atardeceres, los contrastes de una ciudad que es muy oriental para ser europea y muy occidental para ser asiática. Pero he ahí la clave de esa cultura tan especial, de ese país tan espléndido. La amabilidad no se ha perdido, como en otras enormes ciudades donde el estrés del trabajo ha invadido cada uno de los poros de sus calles y sus gentes, y nadie mira a su alrededor, simplemente para recordar la belleza de lo que le rodea. El sonido de la oración comienza y lo invade todo. Estoy sentada en un banco, cerca de Santa Sofía, viendo el sol ponerse. Y respiro profundo, saboreando ese olor tan especial del atardecer. Y sonrío, no puedo evitarlo. Cómo no iba a hacerlo: ESTOY DE NUEVO EN ESTAMBUL.

                                                               Inge